09/02/2026
“En París vivía en un apartamento muy pequeño. Para aprovechar al máximo tal reducido espacio, pensé en utilizar una única puerta que se cerraría alternativamente en uno y otro quicio. Se la mostré a mis amigos y comentaron que la expresión “una puerta debe estar abierta o cerrada” había caído en flagrante delito por su inexactitud.” (Marcel Duchamp)
Hay objetos, como dice Mario Montalbetti, que suponen imposibilidades lingüísticas. Él habla de la mesa de Ishigami, una mesa construida con la peculiaridad de traer ya incluídos unos objetos determinados que, dispuestos sobre una plancha finísima de acero curvada, suman el peso exacto para que la mesa se mantenga horizontal, en perfecto equilibrio. En el momento en que se añade otro objeto, o nos apoyamos para comer, escribir, etc., la mesa comienza a temblar, a hundirse y se vuelve inútil (inútil en tanto mesa lingüística, es decir, según lo que tendría que significar habitualmente una mesa en relación a unas determinadas funciones prácticas).
Marcel Duchamp construye, en su apartamento en París, algo semejante y diferente al mismo tiempo. Aunque se ha elaborado desde una necesidad práctica (responde a una cuestión de optimización del espacio) y por tanto es un objeto útil y funciona como puerta o puerta posible, él (su entorno) hace hincapié en el modo en que la puerta desafía la exactitud de una fórmula lingüística: “una puerta debe estar abierta o cerrada”. Tiene todos los componentes para ser denominada puerta (quicio, bisagras, marco, jambas, manilla, hoja, etc.), pero “falla” en el punto en que en lugar de funcionar con respecto a un único hueco, que conecta dos estancias, lo hace con respecto a dos huecos, que conectan tres. Lo que sucede entonces es que cuando la puerta está cerrada para un hueco permanece abierta para el otro o viceversa, y resulta imposible hacer encajar el artilugio dentro de esa fórmula: la puerta está abierta y cerrada simultáneamente.
La puerta de Duchamp, en este sentido, problematiza desde su función de límite (límite de una estancia/ comienzo de otra) la pared como estructura fronteriza. La pared separa interior y exterior, dentro y fuera, y da un lugar específico a cada parte. La colocación de una puerta (y más una de estas características) hace que entre esas categorías se produzca una interferencia. Lo que hay dentro se ve alterado por lo que hay fuera y viceversa, cuando se produce una abertura o una transparencia. La posibilidad de pasar, atravesar o dejar entrar elementos de una a otra estancia (luz, imágenes, seres vivos) potencia ese carácter limítrofe, función aún más exagerada en esta intervención duchampiana, donde nunca es posible determinar, como dice el dicho, si aquello que vemos es “galgo o podenco”.
