06/02/2026
La propiedad cuántica de superposición hace que la materia, sin contradicción, coexista en múltiples estados hasta el momento en que se mide. En ese momento las partículas se ven “obligadas” a tomar una decisión, o a decaer de este o de otro modo, es decir, a decantarse por un único estado.
Sucede algo parecido cuando pensamos en un yacimiento arqueológico, donde, si se quiere conocer no solo lo que hay bajo tierra, sino también extraer determinados objetos, es necesario alterar el estado en que se encuentran, seleccionando y arrancando de su contexto sedimentario esos objetos de interés. El escultor Juan Luis Moraza hace referencia a este hecho cuando habla de la imposibilidad de considerar un observador neutral que no interviene ni decide. En cambio, el observador (el investigador) es consciente de que él mismo participa y altera, con la “simple” medición, el evento que está estudiando: “El arqueólogo Sir Morthimer Wheeler revolucionó su campo al ser consciente que la excavación es destrucción, porque sólo se recogen los datos que se buscan (Wheeler, 1961).” (Juan Luis Moraza Hacerse escultor (en la era del capitalismo cognitivo)).
Si bien en cuántica no se buscan unos resultados concretos (no se quiere medir un estado específico, sino saber cómo se comporta la materia en determinadas circunstancias) el observador es también consciente de que su propia acción de observar y medir altera un estado previo, destruye su naturaleza cuántica y hace que el fenómeno se comporte clásicamente. No se trata de un juicio del observador (él no excava para buscar un objeto que sabe que está ahí) ni de una limitación técnica, sino de una propiedad intrínseca de la materia: al ser observada, al interactuar con el entorno, ella toma una u otra dirección. Observar, medir o excavar, como acciones de adquisición de conocimiento, son también procesos activos que alteran el mundo.

Stigmarias (raíces fósiles) en un yacimiento carbonífero de León. Foto: DiCYT.